El avión
44°16′48″N 6°26′20″E
Medaigual marca registrada es una importante multinacional del retail. Sus oficinas tienen enormes cristaleras, alfombras turcas y muebles de Habitat. La decoración abarca toda la gama cromática de tonos beiges, blancos, blancos rotos, marrones claritos y caquis. Podría ser perfectamente un acogedor lugar de descanso de no ser por la estridente moqueta que adorna los pasillos y que es acorde al estampado de las prendas que allí se diseñan.
En Medaigual marca registrada también hay mesas, sillas y ordenadores. En una de esas mesas, sentada en una silla, delante de un ordenador, trabajo yo. Tengo una jefa y por encima de ella ascienden un número indeterminado y fluctuante de jefes que visten pantalones grises aunque el producto estrella de la compañía son los vestidos florales. Todos sus cargos abarcan acrónimos que empiezan con C: CMO, CCO, COO, CFO y CEO. En Medaigual marca registrada no hay ningún trabajador afiliado a CCOO, ni a CGT, tampoco en COS, ni mucho menos en CNT.
En Medaigual marca registrada hay plátanos gratis para los trabajadores cada mañana. Los jefes de pantalones grises, aunque a veces visten vaqueros en un alegato al jefe moderno, al jefe de proximidad, al jefe kilómetro cero, definen la compañía como divertida, inspiradora y picante. Es por eso que sus paredes están llenas de mensajes tristes como “Be You” o “Sex Is The Best”. Con estos mensajes tristes se elaboran enormes estrategias de marketing a las que se destinan cientos de miles de euros. Cuando alcanzo a ver alguno de esos presupuestos pienso en todas las casas que podría comprarme con ese dinero y que, sin embargo, van a parar en reforzar el mensaje de uniqueness de la marca bajo el lema “Be You” impreso en un vestido floral del que se fabricarán 75000 unidades en alguna fábrica de Camboya.
Me hace gracia el “Be You”. Como si pudiese ser otra cosa... Como si dejase abierta la alternativa de poder ser otra persona: “Be Maricarmen la de contabilidad”, “Be Trini, la encantadora señora que limpia la moqueta de colores estridentes”, “Be Caradecerdo, el imbécil de logística que un día regañó a un compañero por hablar demasiado alto al lado”. “Be el COO y grita delante ante una planta de 50 personas: ‘¡No me pongas a esta gorda en el catálogo!’. Mejor aún, “Be el CEO”, esa persona que cada vez que habla te preguntas: “¿por qué él es millonario y por qué yo no?”.
El CEO siempre reúne a toda la compañía trimestralmente para hablar de la situación de la empresa. Un ritual que acepto con agrado porque después habrá mojitos y música para los 500 trabajadores en una forzada celebración del colegueo interdepartamental y del team building. La trampa de los team building es de sobra conocida: “Hagamos un lugar de trabajo en el que nuestros trabajadores se sientan cómodos, creen lazos entre distintos departamentos, flirteen entre mojito y mojito y piensen que Medaigual marca registrada es el trabajo soñado del que nunca querrán salir”. A mí los team buildings me parecen bien, los identifico como “el tiempo que me pagan por no currar” y con un poco de suerte me puedo escapar antes de mi hora.
Antes de los mojitos nos tenemos que comer speeches infumables y aburridísimos del CTO, CEE, CECECE en los que hablan y señalan con un puntero láser a una presentación de KeyNote hecha por alguien del departamento de diseño gráfico. Esto es algo que frustrará profundamente al diseñador: “hacer keynotes al CTO” no aparecía como una tarea a realizar en la oferta a la que aplicó en LinkedIn en su día. Se siente engañado e infravalorado, con el runrún constante de si ha merecido la pena la inversión de sus padres en la Elisava para terminar haciendo presentaciones.
Es el turno de palabra del CEO así que aparto el móvil a un lado. Me he pasado la última media hora haciendo scroll en Twitter mientras se turnaban voces de distintos jefes hablando de proyectos de expansión que no me interesaban ni lo más mínimo. Le entrego toda mi atención al CEO. El CEO es una persona que acude a terapias alternativas para mejorar su comunicación en público y poder encadenar dos frases con sentido seguidas, así que siempre estoy vigilando todas y cada una de sus palabras.
Personalmente odio hablar en público y empatizo mucho con la gente que no tiene esta habilidad. Parece que solo a aquellas personas que están seguras de todas y cada una de sus palabras, con una dicción impoluta y a las que no les titubea la voz en conferencias, charlas y coloquios, son las que tienen algo importante que decir. Nos estamos perdiendo a un montón de introvertidos con ideas interesantísimas en la cabeza por el puto concepto de hablar en público. Otra cosa es empatizar con los ricos, que ahí ya me cuesta más, así que cada gazapo dialéctico del CEO, se siente como una pequeña victoria en la que grito en mi cabeza: “¡jódete, puto millonario!”.
El CEO empieza fuerte.
-Antes de nada, tengo que daros una triste noticia…
En la enorme pantalla del hall en la que se exhiben las distintas presentaciones de KeyNote hechas por diseñadores gráficos sobrecualificados se proyecta una foto en blanco y negro de Tere, la secretaria del CEO.
Me quedo en shock y me pongo en lo peor. Me encantaba Tere, me caía genial, espero de corazón que no le haya pasado nada. Los trabajadores se llevan la mano al pecho o se tapan la boca impactados. El CEO continúa su discurso de una manera pausada, seguramente una técnica aprendida en alguna de sus terapias alternativas.
-Ha muerto…
Todos los trabajadores del hall emiten simultáneos “ohhhh” y “noooo” mientras se buscan entre miradas que van desde el asombro a la tristeza.
El CEO vuelve a comenzar, esta vez con un poquito más de firmeza.
-Ha muerto el padre de Tere.
Los “ohhhh” y los “noooo” de los trabajadores convierten en “ahhhh” “uffff” y “menos mal”, y las miradas cargadas de congoja pasan a ser miradas de alivio y extrañeza por el escabroso camino con el que ha arrancado la charla trimestral. Ninguno de los presentes conoce personalmente al padre de Tere, y aunque seguramente todos comulguemos con su pérdida, Tere tiene más de 60 años y su padre, inevitablemente, tenía una edad más cercana a la muerte que a su nacimiento, con sus achaques y su Sintrom.
-Como sabéis, Tere es un pilar importantísimo de Medaigual marca registrada, una persona que me ha apoyado en todo momento, y su padre era una persona…
Desconecto de lo que dice el CEO porque no me creo lo que acaba de pasar. Busco con la mirada a mis compañeros. Mi jefa sigue con la mano en la boca, todavía incrédula y en shock por alguna de las dos muertes que ha anunciado el CEO en menos de 10 segundos. Veo a Jaime con los labios fruncidos, los mofletes rojos e inflados, y la mirada clavada en una enorme lámpara del Habitat. Está haciendo un enorme ejercicio de contención. Sé que no me quiere mirar. Si me mira nos echaremos a reír los dos y esto sería poco respetuoso con los empleados que parecen afectados con la muerte de este pobre señor que no han visto en su vida. Edu sí me mira. Lo hace con los ojos abiertos como platos, totalmente incrédulo, y puedo leer en sus labios un silencioso: “¿qué cojones acaba de pasar?”. Ahí ya si me entra la risa. Así que me giro e intento desaparecer para no dar el cante y ponerme a reír en un momento tan inoportuno. Camino a paso rápido con la mirada fija en la moqueta de colores estridentes y me escondo en el baño a evacuar el pis que está a punto de escaparse por la risa que me está entrando.
-Empezó a trabajar con nosotros en 1999 como asistente de una de nuestras primeras tiendas en Menorca…
Entro en el baño muerta de la risa y tiro de la cisterna para que nadie oiga las carcajadas que se me escapan mientras hago pis y pienso en el CEO. “¿Cómo la ha podido cagar de semejante manera?”. Me enfado un poco porque mi madre también se ha muerto y mi cara, ni la de mi madre, ha aparecido en blanco y negro en ningún KeyNote. Es un trato diferencial con el resto de familiares fallecidos de los empleados y me parece algo injusto. Me imagino este momento, con el CEO anunciando la muerte de mi madre en la trimestral, y pienso que sería maravilloso que sonase “Enya - Only Time” antes de pasar a los mojitos.
***
En la empresa hubo otro día que también se anunciaron más muertes. También le tocó al CEO anunciarlas, pero esta vez, lo hizo bien.
El día que le tocó anunciar más muertes, supimos que algo no andaba bien desde primera hora de la mañana. Había gente que corría por los pasillos con caras rotas, algunos se escondían con los ojos llorosos en los descansillos, sentados en cuclillas, con una mano en la cabeza y la otra agarrando temblorosamente el móvil. Otros compañeros hablaban entre susurros y rostros totalmente desencajados. Los excéntricos colores de la oficina ya no eran excéntricos y todo se tornó gris. Un avión de Germanwings se había estrellado contra los Alpes y dos trabajadores de la empresa viajaban en él.
Todo esto ocurrió a primera hora de la mañana. A partir de entonces nadie pudo trabajar. En las pantallas de los trabajadores solo se veían portadas de periódicos digitales y fotos aéreas del lugar de los hechos. El punto en que había ocurrido el accidente se llamaba Barcelonnette. Nunca dejó de parecerme curioso. Las noticias y los tweets caían a cuentagotas. Ningún medio de comunicación hablaba de supervivientes. Tampoco se atrevían a dar una cifra exacta de muertos. Ni se habían desvelado las causas del accidente.
A lo largo de la mañana nos enteramos de que se trataba de dos trabajadores del departamento de expansión, una arquitecta de treinta y un años recién casada, y su jefe de unos cuarenta y padre de dos hijos. Se dirigían a Düsseldorf a buscar espacios para ubicar nuevas tiendas.
Tres trabajadores más de la compañía habían cambiado ese mismo vuelo para más tarde. Uno de ellos en el mismo día. Siempre se oyen historias sobre gente que se libra de fatalidades en el último momento. Suelen coincidir que son experiencias que te cambian la vida, que te hacen darle otro enfoque, que empiezas a vivir con más ímpetu, más agradecido, reconciliado con todo el mundo. Parece que da pena no poder así vivir la vida desde el principio.
Las noticias comenzaban a decir que no había supervivientes. Había dos personas de mi empresa que habían muerto en ese avión y yo no los conocía. Ni siquiera me sonaban. Es posible que alguna vez compartieramos ascensor o que coincidiéramos a la hora del almuerzo en la misma mesa. Hay veces que estaba tan absorta mirando el móvil, o escuchando música con los auriculares, que el hecho de no reconocer sus caras me hizo sentirme como la mierda.
Estaba experimentando una angustia un tanto extraña, casi plagada de arrepentimiento. “No conozco a estas personas, no me suenan”. Me taladraba constantemente mi cabeza. ¿Me debería dar vergüenza no reconocerles? ¿De no experimentar el mismo dolor que algunos de mis compañeros? ¿De sus familiares? Era capaz de empatizar con la pérdida: Imaginaba cómo serían sus siguientes horas. Las conversaciones de teléfono dando la noticia. Imaginaba cientos de kleenex usados. Los no saber qué decir. Imaginaba los días siguientes. Los primeros segundos de los despertares antes de darse cuenta de las ausencias. Los acostumbrarse a no tener las mismas costumbres. Les imaginaba viviendo una realidad más vívida, más consciente, pero más absorta, más triste y más vacía. Todo esto me llevaba al pánico de apropiarme de un dolor que no me pertenecía. Y no supe cómo actuar. Ni que decir. Y me quedé muda todo el día.
A la hora de comer el CEO nos reunió en el hall acristalado y anunció de forma aséptica, nada titubeante, dos minutos de silencio por los trabajadores fallecidos. Los de comunicación interna corrieron a hacer una nota de prensa para mandar a los medios. Los de marketing llenaron de crespones los logotipos de las redes sociales de la compañía. Menos los trabajadores más allegados, nadie dejó de trabajar ese día.


