Colarse en piscinas
La tranquilidad es lo que más se busca
Los fines de semana de verano, Ángel cogía su bañador, se ponía la toalla al hombro y tomaba rumbo a la Real Sociedad de Tenis de Pompeia en Montjuic con su bicicleta. Saludaba cordialmente al vigilante del club con un enérgico “Buenos días” y este le devolvía el saludo de la misma y confiada manera. Después Ángel se tumbaba en la sombra del pinar, se leía algunos poemillas de T.S. Eliot y se daba un chapuzón en la piscina que era todo lo contrario a abarrotada. Al cabo de un tiempo recogía sus cosas y deshacía el camino hasta llegar otra vez al vigilante de seguridad y se despedía de él con un sonriente “hasta mañana” o “hasta la próxima”. Lo que el vigilante de seguridad no sabía es que Ángel no pagaba la cuota mensual de sesenta euros, ni mucho menos los trescientos cincuenta euros de inscripción al club.
Ángel paseaba por la Real Sociedad de Tenis con la seguridad en sí mismo de una persona adinerada. Una persona a la que por derecho le pertenece esa pista de tenis de tierra batida, el bacalao al pilpil del restaurante o el Campari a la hora del vermut. Las pintas de Ángel también jugaban a su favor: tiene gafas redondas de pasta, no lleva piercings ni tatuajes, y viste de una manera que a veces despista y podría aparentar perfectamente un elegante votante de centro derecha.
Envidié mucho a Ángel. De nuestro grupo de amigos, fue sin duda el que más fresco estuvo ese verano. Decía que su técnica para colarse en las piscinas, ya fuesen de hoteles, de clubs privados, o de urbanizaciones, era simplemente saludar confiadamente, como si todo aquello le perteneciese. Después citaba al niño racista de la piscina de Fuentecerrada de Teruel y nos decía sonriendo “la tranquilidad es lo que más se busca” y se quedaba tan ancho.
Otra vez, cuando Mario vino a Barcelona, me dijo que terminó de fiesta con unos punkis y lograron colarse en la piscina Municipal de Montjuic en mitad de la noche. Al parecer había una parte del muro que se podía saltar con facilidad y estuvieron ahí hasta el amanecer y, cuando llegó el vigilante, se escaparon corriendo por dónde habían venido. Me pareció un fin de fiesta memorable y lo envidié muchísimo, pese a que estoy en contra de saltar muros y correr, porque siempre termino cayéndome o haciéndome heridas.
Ese verano empecé a escudriñar el mapa satelital de Barcelona en busca de rectángulos azules que indicasen la posibilidad de piscinas. Marqué con estrellitas en Google Maps las que yo creía menos concurridas y con más facilidades. Un hotel con la suficiente afluencia para que tu cara resulte tan poco memorable como la de un turista, varias urbanizaciones de densidad media de Vila Olímpica, y algún complejo de apartamentos vacacionales de Poblenou. Por la zona alta ni lo intentaba, me parecía un viaje demasiado largo y yo demasiado poco rubia.
Recuerdo que un día cogí mi bañador y fui decidida a hacerme la ruta de Vila Olímpica y Poblenou buscando los accesos más fáciles de las piscinas de la zona. Al final el miedo me paralizó. La presencia de un portero de finca o un recepcionista de hotel me resultaban un muro infranqueable. Había imaginado todos los escenarios posibles y tenía interiorizado que si me preguntaban en qué habitación estaba, yo tenía que contestar la 102 con muchísima seguridad o decir que venía a visitar a mi amiga Mercedes, que se alojaba ahí por unos días. Mentir se me da regular y de repente pensé en el apuro que le tenía que dar a un recepcionista o portero tener que echarme, y el apuro que me daría a mí también, así que cogí mi bicicleta y me fui a una abarrotada y ruidosa playa de la Mar Bella a remojarme. Mientras me bañaba, pensaba en que Ángel se hubiese colado tranquilísimo, que él no tendría que lidiar con la arena y el polvillo blanco que se queda en los pies, con varios altavoces JBL solapando canciones entre sí, o niños que corren al lado del metro cuadrado en el que has conseguido plantar tu toalla y te llenan de arena mientras chillan muchísimo. La frase del niño racista de Teruel retumbaba en mi cabeza: estaba todo lo lejos que yo podía estar de estar tranquila.
Al cabo de un tiempo, una vez tuve interiorizado que la seguridad que tenía Ángel en sí mismo para mí era algo inalcanzable, empecé a reconciliarme con la playa de Barcelona. La cosa era ir pronto, con una sombrilla, unos auriculares, un librito, agua bien fría y una ensalada de mango. Encontré un lugar un poco alejado del tumulto y de los chiringuitos en el que se podía estar bien. Y aunque no me libraba de los altavoces JBL, al menos me ponía Brian Eno en los cascos y todo empezaba a tomar un cariz más tranquilo. Ese verano, en mis visitas a la playa, me leí Middlesex y, además, me puse morena.
Siempre he tenido la mala pata de tener oficinas con vistas al mar. Antes en la Barceloneta y ahora en Diagonal Mar. A mí esto me parece un regalo envenenado, porque mientras estoy mirando excels siempre puedo otear en la lejanía a algún bañista despreocupado que me hace pensar más de la cuenta en cuándo llegarán mis vacaciones. Se siente un poco como un pez en una pecera, pero al revés. Eso tampoco me impide llevarme el bañador para darme un baño a la salida del trabajo. Cosa que está muy bien, que es muy agradecida y que diría que es el peak de mi jornada laboral.
La cristalera de la cocina de mi oficina tiene vistas a la piscina del Hilton Diagonal Mar. El otro día estaba en la cocina con el Benito y comenzamos a observar a los guiris rosados que se tumbaban en hamacas balinesas, bebían cócteles y hacían el muerto en la piscina. Nosotros íbamos por nuestro tercer café del día y nos pusimos un poco tristes. Animé al Benito a colarnos a la salida del trabajo en la piscina del Hilton. Le conté que la clave es tener seguridad en uno mismo, como Ángel, y decir que estás en la habitación 102. Una seguridad que obviamente ni Benito ni yo tenemos porque no somos Ángel. Aún así nos imaginamos en esa piscina del Hilton y lo divertido que sería contarnos chismes y episodios traumáticos de nuestras vidas mientras hacíamos el pino o escupíamos un chorro de agua por la boca. Como en el tiktok ese que nos gusta tanto.
Descartamos el Hilton para otro momento en el que hubiese más afluencia, como una convención de cirujanos, o unas conferencias de desarrollo sostenible en la que pudiésemos pasar desapercibidos. Al final fuimos a última hora de la tarde a las piscinas del Fòrum en las que no se estaba mal del todo. Me pasé un buen rato viendo tutoriales en Youtube sobre cómo hackear altavoces JBL y si era posible conectarme a alguno y poner Mayhem a todo trapo y escandalizar al personal. No pude. Luego empezó a sonar Bad Bunny y como me las sabía pues no me molestó tanto y ya me quedé más tranquila.
Los derroteros en los que termina la sentencia del niño racista de Teruel son altamente terroríficos, no quiero exculparlo de nada y además siento que estoy citando al mismísimo Hitler, pero la premisa de la que parte me parece una verdad incuestionable. O al menos eso me parece a mí, que lo único que quiero en esta vida es estar tranquila. La-tran-qui-li-dad-es-lo-que-más-se-bus-ca. Lo segundo ya tal.
Estar tranquila en una piscina hasta las 7 exactas, como Frank.
*Si alguien tiene tips para colarse en piscinas o me quiere invitar a suya, por favor, que me escriba. Tengo bastante calor.



Ojo que a lo mejor en tu búsqueda de un retiro encuentras uno con piscina, Alba